SER EIR DE GERIATRÍA

Hemos elegido la “especialidad maldita” en la que parece ser que la mayoría entra por descarte. Sea cual sea la Unidad Docente elegida nuestro objetivo como EIR durante los dos años de formación es cumplir el programa formativo de nuestra especialidad y alcanzar los conocimientos, habilidades y actitudes propias de la profesión sanitaria especializada. Al finalizar los dos años todos conseguimos el título de enfermer@ especialista, pero ¿finalizamos todos nuestro periodo formativo con las mismas competencias adquiridas? Probablemente no, y en este sentido hay muchos implicados.

Basándome en mi experiencia y enriquecida por las de algunos de mis compañeros, voy a intentar plasmar cómo debería ser un EIR de Geriatría y cómo debería desarrollar su proceso formativo.

El EIR no sólo debe desarrollar actividades asistenciales, sino que también debe ser formado en docencia, gestión e investigación. Para poder afrontar el reto que supone ser EIR es fundamental nuestra predisposición, actitud y esfuerzo.

El origen para aprender y la base del conocimiento radica en cuestionar y ser escéptico, fomentar el espíritu crítico es una de las tareas más importantes en las que debe trabajar el EIR. Uno de nuestros objetivos durante el periodo formativo es desarrollar un trabajo de investigación que no tendría mucho sentido si no se plantea desde la curiosidad y desde una perspectiva crítica con la finalidad de generar conocimiento y esto nunca sería posible si por un lado nos limitamos a realizar proyectos teóricos sin trabajo de campo y análisis de los resultados, o por otro si los resultados de nuestras investigaciones finalmente se quedan en un cajón. Por tanto creo que como EIR deberíamos tener miras científicas más elevadas y aspirar a divulgar y visibilizar el resultado de nuestros trabajos a la comunidad científica, mediante publicaciones y presentaciones en congresos.

Actualmente en la mayoría de los itinerarios formativos contamos con múltiples y variados dispositivos asistenciales, de antemano y antes de comenzar cada rotación deberíamos conocer cuáles son los objetivos que tenemos que cumplir durante esta así como las actividades que podremos desarrollar, es imprescindible focalizarnos en ellos y tenerlos presentes desde el principio. El acceso a ciertos dispositivos poco habituales nos abre las puertas al conocimiento y en este sentido la autoformación guiada es imprescindible.

Por otro lado, nuestra formación debería ser siempre evaluada de manera específica y por competencias donde el EIR tenga un papel activo junto a su responsable formativo, no nos debería valer con “lo has hecho muy bien, te pongo un 3 en todo”, se trataría de establecer un sistema de retroalimentación donde se garantice nuestra evaluación real. En este punto las tutorías juegan un papel fundamental puesto que deberían tratar de detectar nuestras fortalezas así como también nuestras necesidades y dotarnos de herramientas para poder enfrentarnos a las dificultades y adquirir estrategias y habilidades para solventarlas.

Sin duda, la experiencia formativa EIR es una oportunidad que debe ser aprovechada al máximo para garantizar que el nivel de competencias adquirido nos permita aplicar todos esos conocimientos en beneficio de la población diana, es decir los usuarios en edad geriátrica. Y todo ello a pesar del poco o ningún interés que muestran las distintas administraciones en reconocer y definir tanto la categoría profesional como el puesto de trabajo específico acorde con nuestra especialidad.

Para finalizar pienso que sería oportuno que abramos un debate donde los especialistas en geriatría podamos aportar nuestras iniciativas para mejorar nuestro rol en el Sistema Nacional de Salud y como consecuencia una asistencia sanitaria de mejor calidad.

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